CLAUDIO CORONEL

El aluvión Maravilla desembarca en casa

Claudio Coronel palpita el combate de Sergio Martínez ante Martin Murray y el fenómeno mediático que generó Maravilla en Argentina.

Por CLAUDIO CORONEL26/4/2013 - Buenos Aires
Vélez Sarsfield albergará un show al nivel de las más espectaculares veladas en Las Vegas. (Télam)
Vélez Sarsfield albergará un show al nivel de las más espectaculares veladas en Las Vegas. (Télam)

Todo es espectacular. El adjetivo más recurrente de los medios de comunicación para exaltar sustantivos. Pero en este caso conviene intentar revalorizar el término porque hablar de Sergio Martínez, y en particular lo relativo a este festival que se corona con su combate ante Martin Murray, es una alegoría constante del impacto.

¡Bum! Se esperan 40 mil espectadores en el estadio José Amalfitani (Sí, un combate podría albergar mayor público que lo que acostumbra ese mismo estadio con el fútbol).

¡Bum! Se espera una recaudación cercana a los 20 millones de pesos (unos 3,8 millones de dólares) solamente en concepto de entradas.

¡Bum! Tres de medios televisivos transmitiendo el combate (Televisión Pública Argentina –TV abierta- , TyC Sports –sistema de cable argentino- y HBO - para el mercado internacional-)

¡Bum! El mismo René, Residente de Calle 13, viene al país para cantar en la entrada del argentino al ring.

¡Bum! Más de 250 medios acreditados para un combate de boxeo, algo inédito en este país.

¡Bum! El anuncio de la pelea en su momento lo hizo el mismo Maravilla en… ¡Cadena Nacional! con la mismísima presidenta Cristina Fernández de Kirchner.

Martínez (50-2-2; 28 KOs) vuelve a pelear en la Argentina luego de más de 11 años. El 2 de febrero de 2002, cuando derrotó a Francisco Mora en el estadio de la Federación Argentina de Box (FAB), el público asistente era un poco inferior al que ahora convocó para verlo los menos de 10 minutos que le ocupó entrar al escenario montado sobre uno de los salones del Sheraton, saludar al público presente, sonreír ante todo, despojarse de su pantalón, de la remera de la selección argentina con el “10 Maravilla” en el dorsal, otra más (la oficial de la pelea), subir a la báscula, dar la categoría mediano y luego posar frente al inglés para despedirse.

Y la diferencia de tamaño que hay entre el estadio de la FAB y el de Vélez Sarsfield mensura uno y otro Martínez. Mide la conquista deportiva y de mercado del monarca de los medios del Consejo Mundial de Boxeo (CMB). Porque como en pocas disciplinas deportivas el boxeo es una batalla donde lo competitivo y comercial se entremezcla tanto. Tiene clasificaciones, claro, el boxeo. Pero necesita de que las peleas se acuerden para que lo deportivo tenga efecto. Para que sea realidad. Y allí no solamente entran en juego variables deportivas. También tiene mucho que ver el poder de convocatoria de los pugilistas. Ningún promotor quiere concretar un combate que no va a tener muchas ventas del sistema Pay Per View, que no va a atraer patrocinadores o que no va a llevar gente al estadio. 

Aquel Martínez, el de la pelea con Mora (en la que quien escribe estuvo presente), no cumplía con ninguno de los tres requisitos. Sin embargo, lo deportivo era prometedor. Campeón en su país, donde además estaba invicto, en la categoría welter y un mal paso en la aventura de ir a Las Vegas sin la preparación necesaria y por un puñado de dólares. Era una promesa más, con mucho de aquello de lo que muestra hoy: pelear con la guardia a medio armar o directamente los brazos abajo, lanzamientos relampagueantes y gran utilización de las piernas. Es decir, la base deportiva estaba, lo comercial era nulo.

No es sencillo para un argentino capturar el mercado estadounidense. Parte con desventaja ante, por ejemplo, los mexicanos. Es una cuestión demográfica: la cultura mexicana empapa los Estados Unidos mucho más que la Argentina. Siempre un promotor preferirá colocar un buen boxeador mexicano antes que un buen boxeador argentino en su cartelera. No es xenofobia. Es lógica del mercado. Contra eso tuvo que combatir Martínez.  Tuvo que ser un boxeador extraordinario para superar las posibilidades de uno bueno de otra nacionalidad. 

Lo postergaron. Le quitaron el título. No lo declararon retador mandatorio cuando debían. Ante Kermit Cintron directamente le robaron la pelea cuando el árbitro había declarado nocaut y luego dejó que siguieran las acciones para culminar en un vergonzante empate. 

Lo dicho, no es sencillo ser argentino en las Ligas Mayores del boxeo.  Y eso a pesar de que pensar a Martínez como un producto del boxeo argentino ciento por ciento probablemente sea una falacia. Maravilla se convirtió en quien es en Europa y Estados Unidos. Lo muestra su físico, su crecimiento sustentable anatómicamente a la división mediano, sus triunfos en Inglaterra, Atlantic City y Las Vegas. 

El mandamiento del consumo no siempre está sustentado en la calidad del producto. Pero como se está expresando a Martínez no le quedó el recurso del vacío. Le dio contenido y mucho. Allí llegó la hora del mercado. Y nuevamente apareció el Martínez que poco tiene que ver con el prototipo del boxeador argentino, aunque él mismo se ofenda cuando se lo señalan. No basta más que escucharlo hablar (“¿Me entiende?”, “¿Tú sabés?”).  Lionel Messi pasó su adolescencia en Barcelona y habla en rosarino. Martínez viajó de adulto a España y habla en neutro. 

Logró que una marca de bebidas energizantes, que siempre busca imágenes ejemplares del deporte para promocionar su producto, pusiera los ojos en un boxeador. El boxeo en la Argentina no está bien visto por las empresas. No quieren asociarse a esta disciplina. El punto más claro es que semejante evento es patrocinado por empresas públicas. Pero contra eso también puede Martínez, a quien es difícil no encontrarle similitudes con Oscar de La Hoya, el peleador de cara angelical que atrajo a público no habituado al boxeo a ver sus peleas. 

De hecho, en el pesaje del viernes, cuando Martínez se despojó de sus ropas y se escucharon exclamaciones femeninas similares a las que podría propiciar Justin Bieber, a la memoria de quien esto escribe vino la pelea de De La Hoya en el Sun Bowl de El Paso Texas, cuando noqueó a Patrick Charpentier y a cada golpe lo acompañaba los alaridos de sus fanáticas dignos de los tiempos de la Beatlemanía. 

Y finalmente le llegó la consagración a Martínez en su última pelea, quizás una de menor valor deportivo que otras. Una noche en la que el público argentino dio el espectáculo que habitualmente dan los mexicanos en Las Vegas. Hasta eso torció el campeón mundial. 

Mucho espectáculo. Muchos impactos. Mucho ¡Bum! Muchas circunstancias que hacen que los platillos de la balanza del boxeo (lo deportivo y lo comercial) queden a la misma altura. El mercado ya cantó presente en los pasos previos. Incluso en el pesaje, donde comienzan las peleas como decía el entrañable Abel Gamarra, periodista de la agencia Diarios y Noticias. Y es que la ceremonia con la balanza fue una verdadera locura. El público subido a las sillas del elegante salón blandiendo sus celulares, cánticos de fútbol (especialmente de unos 50 ingleses que llegaron para esta pelea), personal de prensa que trabajó en eventos gigantes como el reciente recital de The Cure diciendo que nunca vivieron algo así, un anuncio de los pesos que no se puedo escuchar bien el por el bullicio y Michael Buffer animando para que los argentinos pudieran tener una porción de Las Vegas por unos minutos. 

El sábado será el momento de ver si Murray frenará este aluvión. El inglés parece estar hecho a la medida del argentino. Es un boxeador lineal, que no maneja variantes y concibe al boxeo como un avance constante en la búsqueda del sometimiento del rival. Ricky Hatton, el campeón mundial lo apoya en la esquina. Murray (25-0-1; 11 KOs) tiene mucho de Hatton. Y Martínez tiene cosas de Floyd Mayweather. 

Recordar el duelo Mayweather-Hatton, donde el estadounidense sometió al británico con una definición digna de plaza de toreo puede dar pistas de lo que se pueda ver en el ring. El dilema pasa por ver si las múltiples lesiones que viene acarreando Martínez le permitirán noquear a su oponente. Si optara por una pelea conservadora, sin buscar mucho el cuerpo a cuerpo, no debería pasar sobresaltos. Si apela al esgrima la pelea debería estar en el bolsillo. 

Pero el boxeo no es esgrima. Y lo espectacular se sustenta desde otro lugar cuando suena la campana.

Sigue a Claudio Coronel en Twitter: @CoronelClaudio

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